«Txema el del Zulo» deja un inmenso socavón en su querido Casco Viejo

La muerte de Txema Agirregoitia Arregi, conocido por haber regentado durante años la taberna Zulo en el Casco Viejo bilbaino, ha conmovido a quienes le conocieron. Su compromiso por una Euskal Herria independiente y socialista siempre estuvo ahí, como su condición sexual. «No soy gay, ni homosexual, yo soy maricón de cuerpo entero», proclamaba con su voz socarrona.

Agustín GOIKOETXEA|2020/08/11
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«Txema el del Zulo» en su taberna.

Tras una intensa vida, en la que dejó huella en todas aquellas personas que le conocieron, «Txema el del Zulo» falleció el pasado lunes en la residencia en la que llevaba años viviendo. La última década a bordo de una silla motorizada para estar en la calle, donde trabó grandes amistades y demostró su compromiso en múltiples causas, desde la reivindicación de la vuelta a casa de presos y refugiados hasta la exigencia de un Casco Viejo habitable acosado por el «efecto Guggenheim».

La noticia del óbito ha tenido amplio reflejo en las redes sociales, así como en aquellas calles del Casco Viejo que frecuentó y donde trazó relaciones inquebrantables. El nombre de Txema Agirregoitia Arregi, como el de otras muchas personas, quedará en la historia pequeña del Botxo. Gran conversador delante y detrás de la barra, siempre tuvo tiempo para escuchar y también para contar.

Para la historia queda el resumen que hizo en 2013 de su trayectoria vital desde que naciera en Bilbo para pasar su niñez, desde los 2 a los 7 años, junto a su abuela en Ortuella. Luego, retornaría con sus padres a Kobetas, en Basurto. «Soy maricón desde que tengo uso de razón», subrayó en ese relato, en el que afirmaba que tuvo clara su identidad sexual desde los 7 años cuando hizo la comunión, en la iglesia de San Féix de Cantalicio, «con novio».

Una confesión íntima

En una confesión íntima incluida en el libro 'Miradas atrevidas' que publicaron EHGAM y Aldarte, Agirregoitia Arregi se desnudaba tal como era, mostrando a aquellos que no lo conocieron y otros que lo tratan de ocultar cómo era en los oscuros años 60 y 70 la vida de los homosexuales en Bilbo. Desde los 14 años estuvo ligado a la hostelería, con un primer trabajo como camarero en el bar Brasilia, en la calle Cantarranas, y luego en otros muchos en aquel barrio de San Francisco bullicioso de cabaret.

Un relato intenso en el que citó locales que frecuentaba gais y lesbianas por el centro histórico de la villa pero también en la Gran Vía, tratando de escapar de la Policía. Los wáteres públicos repartidos por la villa eran lugar de cita para muchas de estas personas perseguidas por su condición sexual. «A mí no me llegaron a pillar nunca, pero sí sé de gente que se la llevaron. Eso sí, dependiendo del apellido, le aplicaban o no la Ley de Peligrosidad Social. Siempre ha sido así», apostillaba.

El tabernero desaparecido defendía que los cambios en el ambiente gay con el paso de los años había ido a mejor. «Piendo que ahora los hombres gays nos queremos mejor, nos tenemos más respeto nosotros mismos. Ya no nos queremos llamar Juanita Reina, ni Raquel de Medellín», comentaba en aquella confesión en noviembre de 2013.

 

Marisol RAMÍREZ / FOKU
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